memoria

Legislar la historia

Post cruzado desde Clionauta.

Le Nouvel Observateur acaba de publicar un diálogo que incide sobre algunos aspectos ya mencionados aquí. Tres son los intervinientes. Pregunta Jacques Julliard, historiador de formación, impulsor de Liberté pour l’histoire, que trabaja desde hace años para Le Nouvel Observateur, aunque también dirige la revista Mil neuf cent. Revue d’histoire intellectuelle. Responde Pierre Nora, que dirige la revista le Débat, aunque su fama se debe sobre todo a los tres tomos dedicados a los Lieux de mémoire. Y contesta también Claude Lanzmann, conocido por su película Shoah, a la que siguió Sobibor, 14 de octubre de 1943, 16 horas. Así mismo, está al frente de les Temps modernes.

Jacques Julliard.En los últimos años, los historiadores se quejan de una intervención creciente de los poderes públicos en un dominio que, en su opinión, corresponde exclusivamente a la ciencia y la investigación. Varios episodios nos vienen en mente: la ley Gayssot contra la negación del Holocausto (1990); ley sobre el reconocimiento del genocidio armenio (2001); la ley Taubira sobre la esclavitud y la trata de esclavos (2001); la enmienda Vanneste sobre los beneficios de la colonización ( 2005). Es evidente la doble pretensión del Estado de calificar lo que ha sucedido y decirle a los maestros qué enseñar.
Tenemos con nosotros a Claude Lanzmann y Pierre Nora, ambos estudiosos de la memoria y del creciente papel que ocupa en nuestra conciencia y en la propia historia, uno con
Shoah, el otro con los Lieux de mémoire. Ustedes se han mostrado contrarios a la legislación sobre la memoria. Pierre Nora, presidente de la asociación Liberté pour l’Histoire, no está de acuerdo con estas leyes denominadas “mémorielles” y acaba de firmar con Françoise Chandemagor el libro Liberté pour l’histoire publicado por CNRS Editions. Claude Lanzmann, primero en un editorial de Temps modernes y luego en Libération, ha criticado firmemente esta posición. Pierre Nora, ¿nos puede recordar el punto de vista de los historiadores?

Pierre Nora. – En primer lugar, estamos contra el principio de una legislación que describa los acontecimientos del pasado, no ya contemporáneo, como la Ley Gayssot, sino una cada vez más distantes, como la esclavitud, lo cual conduce gradualmente a una penalización retrospectiva de la la historia. Se han presentado veinte propuestas en los últimos dos años sobre temas que van desde la guerra de la Vendée a la masacre de Saint-Barthelemy, pasando por Ucrania. Esta deriva legislativa, exclusivamente francesa, ha sido muy debatida por la comisión para la reforma de la Constitución, que acabó admitiendo in extremis que se podría abandonar la legislación de este tipo y volver al tipo de resoluciones que existían en la Constitución de la Cuarta República.

Claude Lanzmann. – En el primer manifiesto de Liberté pour l’Histoire, se pedía la derogación de todas las leyes llamadas “mémorielles”, incluyendo en particular la Ley Gayssot, que es la única que realmente me importa. Usted parece haber cambiado, haber aguado la petición, lo cual acojo con satisfacción. Hice mi propia autocrítica en Temps modernes y en Libération por la escalada que condujo a la proliferación de leyes sobre la memoria.

P. Nora. – En realidad, pedíamos la abolición de los artículos que en estas leyes suponían una limitación para los historiadores. Por ejemplo, en el caso de la Ley Gayssot, sólo estamos poniendo en tela de juicio su artículo noveno, que crea un nuevo delito: el de “contestation” del genocidio. Dado que no remite a una ley que lo defina, esta definición se deja a la arbitrariedad del juez. La Ley Gayssot, que es probablemente la mejor de estas leyes y que entendemos bien a qué responde, no se dirige contra los historiadores, sino contra los falsificadores de la historia, los “negacionistas”. Pero tenía un efecto perverso porque actúa como matriz para todas las demás.

C. Lanzmann. – En parte estoy de acuerdo con Pierre Nora y en parte no. Para empezar, los “falsificadores de la historia” se reclaman siempre parte de la historia, se presentan como portadores de la verdad, no como ideólogos locos. He leído en el texto de su manifiesto de 2005 que usted solicita “la derogación de estas leyes indignas de un régimen democrático”.

P. Nora. – Sí, de “esas disposiciones”, no de la propia ley! Se trata de modificar el artículo noveno.

C. Lanzmann. – Pero es el artículo fundamental de la ley! Pierre Arpaillange, ex Ministro de Justicia, lo dijo cuando se presentó: completa la Ley de 1972, porque nos dimos cuenta de que esta ley, que castiga la incitación al odio Racial, a la difamación, etc., no había previsto que la gente viniera y dijera: “eso no existió”. Entonces, ¿por qué he apoyado la Ley Gayssot? En primer lugar, no me imagino entrar en una librería y ver un estante con libros relacionados con el Holocausto y al lado otro con volúmenes que aseguran que “no existió”. Si este fuera el caso, decir que “no existió” pasaría a convertirse en una opinión. Entre quienes sostienen que el Holocausto existió y quienes sostienen lo contrario sería una simple cuestión de opinión; todas las opiniones, los gustos y los colores son aceptables en una democracia. Pero yo me formé con las Reflexiones sobre la cuestión judía de Sartre, quien dijo que el antisemitismo no es una opinión sino un delito. Pierre Nora lo sabe tan bien como yo. Eso fue en 1946. Me ayudó a vivir en Francia y a mantener alta la cabeza. Según la lógica “democrática” de Pierre Nora, habría sido normal que no me indignara cuando a Rivarol, el semanario antisemita, se le permitió reaparecer cinco años más tarde. Entonces manifesté mi repulsa en Temps modernes. Cuando uno va al monumento al mártir judío desconocido y ve las paredes marcadas por la presencia masiva de los nombres de 76.000 Judios deportados y gaseados en Francia, a uno sólo le queda apoyar la Ley Gayssot.

P. Nora. – Pero no es eso! Se trata de decir que si el artículo se hubiera referido específicamente a los negacionistas del Holocausto y no hubiera creado un delito de contestación de una verdad histórica, habría limitado el alcance del delito a la negación del genocidio en sus intenciones antihistoricas y puramente políticas. Esto habría evitado que más tarde Francia presentara una decisión-marco en Bruselas que va más allá del crimen de “contestation” y pasa al de “banalisation grossière” y al de “complicité de banalisation” , aplicables a todo hecho histórico calificado como crímen de guerra, genocidio o crímen contra la humanidad por cualquier autoridad política, administrativa o judicial. Esto lleva a una especie de glaciación de la historia. La amenaza es tal que historiadores como Henry Rousso y Annette Wieviorka, que no se han sumado a la Liberté pour l’Histoire por lo de la Ley Gayssot, ahora se hayan unido a nosotros.

C. Lanzmann. – No entiendo la diferencia que Pierre Nora establece entre el delito de negación del Holocausto y la contestación de una verdad histórica. Es lo mismo. Repito que los negacionistas apelan siempre a la historia, alegan determinados hechos y, sin la Ley Gayssot, podrían seguir siendo honorables profesores universitarios, directores de tesis … Usted parece decir que a los negacionistas se les percibe de inmediato como una especie aparte, simples chiflados, y que la diferencia entre ellos y los historiadores “serios” se impone por sí misma. Si ese fuera el caso, ningún negacionista hubiera ido más allá de sus cuatro paredes, ni estaría en en una Universidad, ni habría alcanzado un puesto de responsabilidad.

J. Julliard. – Usted escribió en el artículo ya mencionado algo que ciertamente no entenderá quien no sea judío: “La ley Gayssot es una garantía de protección para todas las víctimas”. Los armenios no sienten las cosas del mismo modo y consideran que es chocante esa excepcionalidad de los judíos.

C. Lanzmann. – Bueno, estaban equivocados! Estoy totalmente en contra de la idea de la competencia de las víctimas, que me disgusta. Deseo por el contrario que haya una universalidad de víctimas y de verdugos, porque no tiene sentido comparar los crímenes. Los japoneses que cometieron la masacre de Nanjing en 1937 son como los verdugos nazis, como todos los verdugos del mundo, y las víctimas son igual que las víctimas judías.

J. Julliard.-¿Imagina que esta ley se refiera a otros casos particulares diferentes el Holocausto?

C. Lanzmann. – La voluntad de los armenios de que se reconozcan las masacres de 1915 como genocidio comenzó mucho antes de la Ley Gayssot. Estoy de acuerdo cuando Pierre Nora defiende a historiadores como Bernard Lewis y Gilles Veinstein y denuncio el “terrorismo intelectual” de que son objeto. Pero no estoy de acuerdo cuando dice en una entrevista: “Como han muerto todas víctimas y todos los verdugos, se culpa a los historiadores.” No, esto no es cierto.

P. Nora. – No se trata de los historiadores a título personal, sino de ver lo que un enfoque histórico del pasado puede tener de provechoso para toda una comunidad. Como tal, la libertad que defienden los historiadores es la de de todos. En sí, estoy dispuesto a concederle a Claude Lanzmann la universalidad de las víctimas y la de los verdugos, pero eso me aporta poco como historiador. Lo que me interesa es que la historia no sea reescrita ni por las víctimas ni por los verdugos y que no haya una incriminación retroactiva. Eso es lo que está sucediendo con la historia. El concepto de crímenes contra la humanidad se estableció en 1945 y en Francia en 1964. Es una locura querer ir más allá del plano moral y aplicarlo de otro modo al conjunto de la historia. Me rebelo contra este espíritu de los tiempos que conduce a una criminalización general del pasado. Es insalubre para la comunidad, inadmisible intelectualmente y peligroso jurídicamente.

C. Lanzmann. – No me opongo a este análisis, y es por eso que sólo me refiero a la Ley Gayssot.

J. Julliard.Pero esta ley, por justificada que esté, ¿no supone a la postre entrar en esa avalancha de reclamaciones de todas las demás víctimas?

P. Nora. – Los mismos que la han redactado han generado un efecto inesperado. Hemos llegado al punto en que, en última instancia, un historiador ya no puede trabajar sobre la historia de la colonización, ni de Armenia ni, si pasaran las veinte leyes que acabo mencionar, de la historia de Francia en su conjunto, ni siquiera del mundo. De hecho, ¿por qué detenerse ahí y no condenar a los americanos por el genocidio indio?

C. Lanzmann. – Soy consciente de lo grotesco de estas derivas. En algún lugar, Pierre me ha culpado de confundir memoria e historia y de negarme a comprender la segunda, poniéndose él del lado de la comprensión. Creo que no me ha leído o lo ha hecho mal. En un texto publicado en la Nouvelle Revue de psychanalyse, decía, a propósito del porqué, que bastaba con rebajar la cuestión a un nivel muy simple: “¿Por qué Judios han sido asesinados?”, pues la pregunta pone de manifiesto de entrada su obscenidad. La negativa a responder a ese porqué no entra en conflicto con la inteligibilidad. Siempre he dicho que el Holocausto fue un acontecimiento histórico rotundo, pero que el rechazo del porqué había sido operativo para mí, pues me permitía mantener el asombro, desnudo, radical, dirigir al horror una mirada frontal.

P. Nora. – Admiro evidentemente los resultados de ese enfoque, la película Shoah, pero no tiene nada que ver con la historia.

C. Lanzmann. – Cierto! Nunca he pretendido trabajar como un historiador. Sin embargo, he aprendido muchas cosas de los historiadores. Puesto que usted menciona a Henry Rousso, citaré a Pierre Vidal-Naquet, quien dijo, después de ver Shoah en un coloquio en la Sorbona organizado por François Furet, que “la historia es demasiado seria para dejarla en manos de los historiadores”.

J. Julliard.Volviendo a la cuestión de la verdad de Estado, ¿creen ustedes aceptable que el Estado profese oficialmente una verdad? La democracia se basa en el hecho de que el Estado no tiene religión, y tampoco metafísica. En 1825, todos los liberales protestaron contra una ley sobre el sacrilegio. ¿Qué decía esta ley? Que era sacrílego y condenable la profanación de las hostias, suponiendo que la presencia divina en las hostias era una verdad de Estado. Es evidente que era incompatible con el pluralismo democrático. Si el Estado protege la idea de que el Holocausto es un hecho innegable, en consecuencia, y frente a otras formas de contestación y negacionismo, ¿no tiene el deber de fijar otros acontecimientos como hechos y convertirse en el brazo armado de una historia oficial?

C. Lanzmann. – El Estado protege de todos modos: se enseña en las escuelas. Se ha combatido bastante la manera escandalosa en que los libros de texto hablaban del Holocausto!

P. Nora. – Debemos reconocer el derecho y el deber de los políticos a dirigir la memoria colectiva, a ser custodios del ritual del ser colectivo y, por tanto, a establecer fiestas, conmemoraciones, homenajes, a organizar la enseñanza, pero de ninguna manera por via legislativa o autoritaria. Para la enseñanza, se ha de pasar por la vía administrativa clásica, como las comisiones pedagógicas, no a través de la ley. No conozco ninguna democracia en la que la ley establezca una verdad oficial del Estado.

J. Julliard.-¿Tiene la impresión de que en el uso que ha hecho Nicolas Sarkozy de la historia –pienso en Guy Moquet, pero también en Jean Jaurès y Léon Blum – hay algo nuevo o peligroso?

C. Lanzmann. – La historia es un gran vivero y, como Pierre Vidal-Naquet, no veo ninguna razón para dejarla sólo en manos de los historiadores.

P. Nora. – Esto no es nuevo del todo, y no es muy importante. Ha habido períodos mucho más dramáticos a la hora de rehacer la historia, la de la Revolución y la Iglesia, el caso Dreyfus, la Resistencia, Vichy … Hacer historia como Henri Guaino hace discursos, mezclando referencias con una lírica soberanono-gaullista, es sin duda simpático, pero sin gran alcance. Liberté pour l’Histoire reaccionó ante el asunto de Guy Moquet, porque hubo un malentendido sobre el papel histórico de Moquet en la Resistencia. En cuanto a la propuesta de Nicolas Sarkozy de que cada alumno adoptara una joven víctima del Holocausto, es inapropiada. Claude Lanzmann dijo todo lo que tenía que decir.

C. Lanzmann. – Creo que este mundo ya no sabe adónde va. Como no halla puntos de referencia en el futuro, los busca en el pasado, un pasado que pretende conocer y al que uno va para tranquilizarse. Es por ello que, a pesar de todo el respeto que tengo por los historiadores y por la historia, creo que va demasiado lejos diciendo siempre aquello de que “la historia juzgará”, “los historiadores decidirán”, etc . Simone Veil lo dice muy a menudo. Le diría a Pierre Nora que eso les hace llevar una carga un poco pesada. Se sacraliza su disciplina, y no pueden dejar de sentir una cierta embriaguez. Anteriormente, fue la filosofía la que desempeñó ese papel. Ahora la historia ha tomado el relevo al completo, incluida la filosofía.

P. Nora. – El historiador ha perdido su papel como intérprete del pasado y profeta del futuro, un papel al tiempo de notario y predicador. Compite con muchos otros interesados en la historia: el testigo, la víctima, el periodista, el magistrado, el legislador. En este sentido, se le priva del magisterio de la interpretación que tuvo en tiempos de Lavisse. Como contrapartida, se le reclama en todas las partes, y estoy de acuerdo con Claude Lanzmann en eso. El historiador no está en una posición fácil. Además de las presiones de la memoria, que también son en cierto modo apelaciones a la historia, es solicitado por magistrados, por jueces …, incluso por los novelistas, ya que la historia es uno de los grandes recursos de la novela contemporánea. Pero lo que se les pide que adopten es el papel de un experto, con lo que ese papel tiene de inferioridad y, sin embargo, de indispensable. Ya no es el juez del pasado, como quería Michelet . Queremos que desempeñe el papel de juez del presente.

J. Julliard .- En otras palabras, y para concluir, si su profesión es la de buscar la verdad, debe de guardarse, como si del diablo se tratara, de pretender poseerla.

© Le Nouvel Observateur

Traiciones

Ana Longoni. Traiciones. La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión, Editorial Norma, Buenos Aires, 2007.
Traiciones

Irremediablemente ha llegado la hora. La construcción de la memoria sobre la década del 70’ y particularmente sobre el terrorismo de Estado, ha llegado a un punto en donde la aguas de la discusión parecieran rebasar los diques que imponía la lucha por los derechos humanos y la edificación de una vocación democrática. La derogación de las leyes de “obediencia debida” y “punto final” y el juzgamiento efectivo, aunque sorprendentemente lento, de los dinosaurios de la represión indudablemente reaviva la discusión y el debate.
Hace unas pocas semanas, a raíz de la condena efectiva al represor Benjamín Menéndez, se abrió un nuevo capítulo del debate. El periodista Martín Caparrós escribió una polémica columna de opinión en el diario Crítica, titulada “El Peor acuerdo”, en la cual exponía provocativamente una reflexión histórica por demás interesante: los desaparecidos no eran luchadores por la “democracia”. Eran, a pesar de los matices, una generación de militantes comprometidos con la construcción de una sociedad distinta, orientada al socialismo y muy lejana al gobierno que dice estar reconstruyendo el proyecto interrumpido por la última dictadura. Las críticas no se hicieron esperar y el lector las puede observar en la edición digital del diario, en donde una sucesiva serie de comentarios se empeñan en ubicar al autor de La Voluntad, uno de los libros más valiosos para recuperar la memoria de la década del 70’, en el campo de los “enemigos y los traidores”.
En tal sentido, este tipo de debate lamentablemente pareciera no dar cuenta de la importante, aunque en cierto sentido marginal, producción académica que desde la historiografía argentina pretende problematizar la cuestión.
El libro escrito en 2007 por Ana Longoni pareciera haberse adelantado al debate. A través de una profunda reflexión sobre la literatura testimonial escrita durante las tres últimas décadas, Longoni deconstruye la figura del “traidor y la traidora” que se ha realizado a partir de esos escritos. Concretado a través de un complejo análisis del discurso, centrado en las novelas testimoniales Recuerdos de la Muerte de Miguel Bonasso, Los Compañeros de Rolo Diez y El fin de la Historia de Liliana Heder; la autora reflexiona sobre la construcción de la figura del sobreviviente de los centros clandestinos. A través del mantenimiento de la ética “militarista” estas novelas reconstruyen la experiencia concentracionaria como un escenario en donde “héroes/mártires” son contrapuesto a los “traidores/sobrevivientes”, lo cual permite a los autores evitar reflexionar sobre las causas profundas de la derrota de los proyectos políticos revolucionarios, ubicando la “traición” como un elemento sustantivo pero superficial para entender dicho fracaso.
Muñida de una aguda mirada y de un sólido aparato teórico Longoni demuestra sucesivamente cómo la literatura testimonial se erige, particularmente en el caso de El fin de la Historia, en una suerte de tribunal histórico en donde se invita al lector a juzgar la actitud de los militantes. De esta forma se reafirma el estigma del “traidor” del sobreviviente mientras que los autores, aunque no abiertamente, se ubican en el costado de los héroes. Esta lógica binaria, propia de una forma de la política – pero profundamente problematizada en la literatura argentina a través de la obra de Borges y Arlt- impide, según Longoni, la comprensión de las amplias zonas grises de las cuales se nutre la vida y nuestra propia experiencia. No obstante cabe preguntarse, cuestionando en parte los argumentos de Longoni ¿podemos reclamarle a la literatura testimonial que evite la construcción de este tipo de visión maniquea? ¿La “traición” es sólo una operación discursiva o fue también una realidad de la experiencia concentracionaria? ¿Debemos, o mejor dicho, podremos abstraernos – como reclamaba Carlo Ginzburg – alguna vez de cumplir el papel de jueces a la hora de revisar el pasado? Sinceramente, no lo sabemos.
A pesar de esto compartimos finalmente con la autora el reclamo de una nueva revisión del pasado que sólo será posible “cuando el estigma de la traición deje de inhabilitarlos, cuando la sociedad alcance a concebir los alcances del terror y de la derrota, y la militancia se atreva a encarar una autocrítica en torno a las formas de hacer política” . Las reflexiones de Caparrós, especialmente las reacciones que las mismas generaron, aparentemente demuestran que la situación reclamada, si bien no ha llegado, pareciera tener un incipiente principio.

El papel de la historia

post cruzado desde Clionauta

La revista Public Culture aborda en su número 20 (invierno de 2008) este asunto: “The Public Life of History”. Estos son los autores participantes Achille Mbembe (Passages to Freedom: The Politics of Racial Reconciliation in South Africa), Faisal Devji (Red Mosque), George Chauncey (How History Mattered: Sodomy Law and Marriage Reform in the United States), Claudio Lomnitz (Narrating the Neoliberal Moment: History, Journalism, Historicity), Neeladri Bhattacharya (Predicaments of Secular Histories), Bain Attwood (In the Age of Testimony: The Stolen Generations Narrative, “Distance,” and Public History), Miranda Johnson (Making History Public: Indigenous Claims to Settler States), Deborah Posel (History as Confession: The Case of the South African Truth and Reconciliation Commission) y, como extraordinario colofón, Dipesh Chakrabarty (The Public Life of History: An Argument out of India).
Public Culture
Sólo un par de acotaciones. En primer lugar, decir que la revista toma como excusa y pórtico un congreso de de 2005, organizado por Bain Attwood y Dipesh Chakrabarty en el Centre for Cross-Cultural Research de la Australian National University. Se trataba de discutir los efectos productivos que la política contemporánea tiene sobre el reconocimiento de la práctica histórica. Así pues, estos ensayos son una selección de los trabajos presentados entonces y madurados dieciocho meses después en otro seminario celebrado en la Columbia University. Más concretamente, el motivo del encuentro era la formulación de Dipesh Chakrabarty del concepto de “herida histórica” (historical wound), una idea que Charles Taylor había remitido a la ausencia de reconocimiento sobre determinadas víctimas en una sociedad multicultural, lo cual hace del pasado no sólo el lugar en el que está el origen, sino el momento al que apelamos en el presente para deshacer el entuerto. Esta política del reconocimiento va paralela a los procesos de descolonización y se intensifica con el tiempo por todas partes, con los consiguientes efectos en el terreno de la investigación, lo cual acaba oponiendo a la historia como práctica y a la disciplina como discurso público, o al menos acaba creando ciertas ambivalencias. Como siempre, en el trasfondo está la dicotomía entre memoria e historia.
Finalmente, señalar que la mayoría de los autores son conocidos y que, entre ellos está Achille Mbembe, del cual se publica una interesante entrevista en el último número de la revistas Pasajes de pensamiento contemporáneo.

blogs

Estamos repensando algunas cosas en Tapera. Una fundamental trata sobre el ingreso de más autores. Ya hemos confirmado algunos y haremos invitaciones pertinentes. En ese trance recuerdo el fin de Doke Libertario y el post que le dedicó Puck en Zonatomada. Leía muy poco de lo que se publicaba en ese blog, fundamentalmente a partir de las recomendaciones del mismo Puck. Sucede con esas cosas que están al límite de nuestra línea de rutina, de nuestra frontera de monitoreo: a veces no estamos dispuestos a emplazarnos. No se trata de una radical incomprensión, ni de disposiciones o habilidades lectoras, sino de disponibilidad. La rápida brazada que despeja el campo de visión es, también, una forma ataráxica de mapear tribus, dictaminar modos de hacer, grillar lo posible. Eso me pasaba con Doke libertario y me pasaba también con Phdinhistory, el blog del doctorando anónimo del que se hicieron eco incluso en el blog de la AHA. Ambos, indios de distinta tribu, borraron de un plumazo sus documentos (aunque claro, Google cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido: si buscamos «"2007/07/03/" phdinhistory.wordpress.com» el buscador nos entrega un post; justo un post en el que se concibe un proyecto -¿habrá partido a ejecutarlo?-). Pensaba en todos esos asuntos, en el ciclo de vida de algunos blogs y en la posibilidad de que alguno más desista de escribir (uno muy bueno), mientras discutimos el borrador de un texto de intención para enviar a algunos colegas (cientistas sociales e historiadores) para sumarse a una empresa colectiva. No creo que empresas de esa naturaleza se diferencien demasiado de aquellas empresas individuales que hoy ya no existen -por lo menos no son mejores- pero si el control de los lindos lugares donde decidimos emplazarnos queda en manos de una sola persona, siempre dependeremos de Google para leer a los buenos.

postdata: Phdinhistory ya está de nuevo en línea.

Günter Grass

Las confesiones del premio Nobel de literatura, Günter Grass, sobre su participación en las Waffen-SS; sobre su pasado nazi, ha recibido comentarios de distinta naturaleza y signo. Los debates que el hecho provoca no guardan relación exclusivamente con la condena a Grass -que incluye en una de sus versiones, la devolución del premio nobel-: se internan en tópicos como la memoria, la culpabildad, la distancia entre el hombre y la obra.

Gunter Grass

Como referencias a seguir pueden citarse aquí esta noticia en la que Salman Rushdie defiende a Grass, ésta, de Santos Julliá, y esta otra de Justo Serna, en las que se reflexiona sobre la memoria de los cómplices, y ésta de Christopher Hitchens, un periodista del que a menudo Página/12 publica traducciones y al que vale la pena seguir de cerca. Hitchens tiene su propia página web.