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El primer peronismo: nombres para los conflictos culturales de la nación

El primer peronismo: nombres para los conflictos culturales de la nación.

Nicolás Quiroga

Publicado en Revista Acción. “Los nombres del conflicto”, sección Bicentenario, número 1055, 1era quincena, agosto de 2010.

Los principales acontecimientos durante el primer peronismo son bien conocidos y aquí sólo los recordaremos rápidamente: el 17 de octubre de 1945, distintas manifestaciones de trabajadores y trabajadoras se adelantaron a la huelga declarada por la CGT para el día 18, y reclamaron la libertad de Perón –quien había sido encarcelado por los sectores del gobierno de facto que se oponían a su creciente poderío político–. La movilización que ocupó la Plaza de Mayo fue, de todas, la más grande y reconocida. Más tarde Perón se postuló como candidato a la presidencia de la Nación y fue apoyado por el Partido Laborista, la Unión Cívica Radical Junta Renovadora y algunas fracciones del conservadurismo. El 24 de febrero de 1946 Perón triunfó sobre la Unión Democrática, una coalición de casi todos los partidos establecidos, desde la izquierda a la derecha. En 1951 Perón fue reelegido; sin embargo no terminó su segundo mandato y fue derrocado en septiembre de 1955. Dos meses antes la misma plaza que ocuparon los defensores de Perón en 1945 fue bombardeada por militares antiperonistas ocasionando decenas de muertos.
Fue una década de importantes cambios institucionales como la reforma constitucional de 1949 y el acceso de las mujeres al voto en 1947. Igual importancia tuvo el protagonismo del movimiento obrero sindicalizado como actor político. Un suceso notable –inesperado en 1946– fue la rápida consolidación de Eva Perón como líder popular. Su "política social", institucionalizada en la Fundación Eva Perón, la construcción del Partido Peronista Femenino y su discurso plebeyo añadieron una dimensión nueva a la lógica sobre todo estatal imaginada por Perón. La tendencia “unanimista” de las elites peronistas –control de los medios de comunicación, persecución de dirigentes opositores, vigilancia sobre los propios partidarios, entre otras políticas coercitivas– fue haciéndose más evidente desde mediados de la década peronista.
A menudo se suele sopesar las “virtudes” y “defectos” del primer peronismo, como si la comprensión de procesos históricos dependiera de balanzas morales. Sin embargo, el costado popular y la tendencia totalista –no totalitaria– del primer peronismo deben considerarse a la luz de los conflictos culturales a los que el peronismo puse nombre y modeló políticamente.
Se ha dicho, de diferentes maneras y con distinto énfasis, que el primer peronismo fue una “revolución social”. Pero si no sabemos qué quiere decir “revolución”, aún menos comprendemos qué significa el término “social” utilizado en el sintagma. Parece que “social” espera significar la inexistencia de una revolución “económica”, o de una “verdadera” revolución; una sin adjetivos. Pero fueron algunos hechos y algunos procesos ligados a estas dimensiones las que nos permiten conocer, a tientas, la situación del pueblo durante el primer peronismo. Al menos podemos reconocer, en su adhesión temprana a la gestión de Juan Domingo Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión, la existencia de muchas demandas insatisfechas para mediados de 1940 entre los sectores populares.
Argentina no era, por ese entonces, el país moderno que la elite letrada, principalmente porteña, concebía. El Censo Nacional de 1947, al poner el umbral de un “centro urbano” en las dos mil almas, había desplazado la “ruralidad” hacia zonas muy bajas de la demografía. Mientras tanto, muy pocas ciudades superaban los cien mil habitantes. La gran mayoría de las localidades del país tenían menos de cinco mil habitantes cada una.
Durante los años treinta y cuarenta, las migraciones internas volcaron sobre las ciudades vastas cantidades de inquietudes, necesidades e ilusiones que le debían al “campo”, a la pequeña aldea, muchas de sus versiones más logradas. Las relaciones entre esos pueblos y la ciudad imaginada por los sectores populares se cruzaron de muchos modos y produjeron sentidos que hasta ese momento las luchas sindicales y las arenas políticas no habían considerado. No se trató de una subcultura imponiéndose sobre otra: a mediados del siglo XX el país comenzó a vertebrarse, sólo que eso sucedió de modo conflictivo.
La ruptura entre un momento y otro, entre los años treinta y cuarenta, sin embargo, no fue tan marcada en cada una de las esferas de actividad que consideremos: pueden rastrearse desde mediados de los años treinta fuertes presiones para ampliar la actividad y la participación políticas, demandas por el cumplimiento y la ampliación de derechos de los trabajadores, nuevos dominios estatales, crecimiento del sector industrial, tasas crecientes de sindicalización (a partir de 1943 con más fuerza). Pero a medida que nos alejamos de Buenos Aires, esas trazas van haciéndose cada vez menos nítidas. En las provincias del Norte, en la región mesopotámica, en los territorios nacionales, la situación de los sectores subalternos era mucho más gravosa que en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires, provincias estas en las que las pugnas políticas, la diversidad de intereses, la mayor complejidad demográfica y económica, y un más alto grado de desarrollo de las organizaciones sindicales, dibujaban grises en la condición de los sectores populares.
Un escritor y más tarde funcionario peronista, Luis Horacio Velázquez, podía pensar la época a partir de una oda al trabajador frigorífico como fue Pobres habrá siempre, pero también es posible leer una reflexión epocal en el libro de Julio Migno, Yerbagüena (el mielero) –acaso más local pero mucho menos insular que el de Velázquez–, o en las decenas de poemas gauchescos dedicados y enviados a Perón y a Evita. Se trata de marcas literarias de la desigualdad. Manuel Puig supo poner el deseo y el rechazo, la represión y las fantasías que giraban alrededor de antagonismos presentes en las distintas geografías culturales de la nación (“criollos” / “gringos”; “negros de alma”/ “gente bien”; “pelo duro” / “cogotudo”, etc.), en un diálogo en el que la que la frontera es un tapial y en el que la deferencia y el estigma de época se transforman en un código sexual. Lo hizo en Boquitas pintadas, en la escena que conversan y piensan Pancho y Mabel:

—Y usted también querrá escuchar, no diga que no… negro barato, le brillan el cuello y las orejas, se lava para blanquearse
—Para qué voy a decir que no… ¿Le saco los más maduros, nomás, o medio verdes también? mi uniforme de gabardina y botas que brillan […] —Yo sé que algunas chicas tienen debilidad por los uniformes. Cuando yo estaba pupila en Buenos Aires mis compañeras se enamoraban siem¬pre de los cadetes, un cadete, no un negro suboficial cualquiera
—¿Y usted no? sí, si, sí, sí
sí, yo también. No, yo me portaba bien, yo era una santa. Y no se preocupe porque yo tengo novio, y en serio, buen muchacho, un pigmeo comparado con un negro grandote

Esas marcas no son muy fuertes en las historias escritas sobre el primer peronismo pero nos permiten comprender mejor la tensión que enfrentó a peronistas y antiperonistas. Porque esa tensión se materializó sin tantos antecedentes, y tomó formas binarias de intelección política. Como suele suceder en procesos históricos rupturistas, un nombre se hizo cargo de muchos otros. Con el peronismo fue “trabajador” –y un poco menos “trabajadora”– el operador lógico de los contemporáneos.
Los sectores populares se ligaron a esa palabra de un modo que no podría comprender una mirada economicista u otra milagrera o condescendiente. Lo hicieron, por un lado, porque las políticas que el gobierno de Perón llevó adelante entre 1946 y 1955 repercutieron en la posición de los sectores populares durante el período: la ampliación de los derechos políticos (voto femenino, por ejemplo), la legislación sobre las relaciones de trabajo (derechos del trabajador –desde el Estatuto del Peón hasta el articulado de la Constitución de 1949; tribunales del trabajo, etc.), los controles de precios (alimentos, alquileres y arrendamientos), la asistencia social, los derechos previsionales, los aumentos de salarios, entre otras mejoras, modificaron el diagrama de las fuerzas sociales.
Los sectores populares abrazaron las implicancias del peronismo como el movimiento de los “trabajadores”, además, porque los intentos por quebrar ciertas “reglas” no escritas tramadas con la letra de la deferencia y la propiedad privada puso, a los que no eran “trabajadores”, del “otro lado” de la contradicción fundamental. Así, luchadores incansables por la libertad, líderes sindicales revolucionarios, intelectuales progresistas, y algunos políticos afectos al sentir popular se mezclaron con poderosos intereses corporativos y sectores pocos predispuestos a cualquier ampliación de beneficios, en el antiperonismo. De ese modo, “las fuerzas de la reacción” o la “rancia oligarquía” fueron sintagmas con una fuerte materialidad para nombrar todo lo que se oponía a las demandas de los que apoyaban a Perón y a Eva Perón, incluso cuando el gobierno de Perón no hizo sino poner freno a esos reclamos o directamente perseguir a trabajadores que presionaron durante el decenio por mayores beneficios.
“Oligarquía” y más tarde “gorila” fueron términos que taquigrafiaron una sensibilidad construida al ritmo del ninguneo de la “gente bien” y las estéticas de marcación social con la que los “grasas”, la “negrada”, los descamisados, habían sido signados por años. Cuando ese ritmo segregador se impone sobre otros tonos, incluso en la actualidad, es frecuente que palabras clave que se acuñaron para articular la relación entre los sectores populares y el peronismo se incorporen a la debacle, aparezcan de modo “natural”, como si ya no pudiéramos denominar de un modo distinto lo que oprime y excluye.
El ingreso de las masas a la vida moderna se dio en el marco de un rediseño de las relaciones entre las clases, y de las clases y el estado; una ampliación de beneficiarios de bienes materiales y simbólicos que alcanzó a gran parte de los sectores populares; una multiplicación de la actividad política –especialmente a través de las unidades básicas–; y una fuerte identificación entre Perón, Evita y la mayoría de la ciudadanía. Esto último signó las relaciones entre el peronismo naciente y las formas de representación democráticas: la tentación política del movimiento y su necesidad de legitimación por los votos, por un lado, y por el otro, el empuje plebiscitario, la marcada tendencia del peronismo a homologar su identidad de pueblo con la nación y con la sociedad. Estos procesos estuvieron atravesados por las relaciones conflictivas entre la cultura hegemónica y las culturas populares que se gestaron al calor de las contradicciones sumarísimas y cada vez más rubricadas por la violencia de los grupos que finalmente derrocaron a Perón en 1955 (asonadas, bombas, bombardeos y luego del golpe, fusilamientos, silenciamientos y persecuciones).
El anhelo peronista de abarcar la totalidad significativa del pueblo integró dificultosamente deseos diversos e incluso antagónicos, percepciones de la vida diferentes (algunas de ellas, como la del propio Perón, jerárquicas y disciplinantes). Pero la correspondencia del término “peronista” y el estigma “cabecita negra” fue ganando terreno conforme la denominada para unos “Revolución Libertadora” y, para otros, “Revolución Fusiladora”, avanzó sobre las posiciones que los sectores populares habían obtenido en el decenio previo. La fragua de los sueños de los pobres y el peronismo no significó la metamorfosis de un término en el otro, sino que desde mediados de siglo XX, los sectores populares afinaron sus instrumentos con el diapasón peronista y todos los proyectos políticos que aspiraron a incorporarlos debieron conocer un poco de esa música.
Fue considerable la diversidad de demandas que confluyeron en las consignas gestadas durante el primer peronismo. Desde las distintas regiones de nuestro país –muchas aún ni siquiera eran “provincias”– los peronistas pusieron en la escena política diferentes necesidades urgentes; muchas de ellas reclamos históricos de los sectores populares. Doscientos años después de la Gesta de Mayo, los sectores populares continúan soportando formas biologicistas y culturalistas de subordinación, marcaciones sociales de exclusión, imaginarios de miedos y furias. Esos conflictos culturales adquirieron nombres, colores y ligaduras durante el primer peronismo. Adquirieron sentidos que ya no abandonaron –aún si los sectores populares y el peronismo cambiaron varias veces su composición y sus proyectos de ese tiempo a esta parte–.

pobres pero honrados

Hace unos días, Lisa Spiro en su blog Digital Scholarship in the Humanities escribió un post (How many texts have been digitized?) en el que comenzó a mapear los usos que ella misma aplicó a los recursos digitales orientados a la investigación académica para hacer su dissertation. Este úlitmo texto puede leerse y comentarse, además, por aquí, bajo Commentpress.
La pregunta con la que comienza Spiro es básicamente esta: ¿en qué medida puede apoyarse una investigación con materiales online? Su respuesta es que puede hacerlo muy bien. Ella pudo acceder a más de la mitad de los documentos primarios y secundarios con los que trabajó entre 1996 y 2002. Si el idioma es una ventaja, el período de algún modo la compensa: entre el 2002 y la actualidad, esos recursos se han multiplicado nuevamente. Acabo de escribir "más de la mitad", pero las cifras son más específicas y controvertidas. En especial porque algunas decisiones con respecto a qué significa "acceder" pueden ser discutidas: un "snippet view" en Google Books, por ejemplo, ¿significa que hemos accedido al material? Tal vez no. Si ya es legítimo sospechar de los criterios de selección docente para tramar un paquete de fotocopias, ¿cómo no hemos de cuestionar las vistas parciales que nos cede Google? Por eso "más de la mitad" es una buena forma de decir que el resultado es estupendo.
Por mi parte, pese a lo que dice Arlette Farge en su libro La atracción del archivo, considero cualquier museo, biblioteca, cine, laboratorio, etc, pequeños cadalsos donde la vida se agosta y los márgenes del gran río burocrático crecen peor que el Paraná. Algunas cosas que pueden ayudar a la investigación (fumar, comer -pizza, pochoclos, lo que sea-, escuchar música, etc.) están, en esos submundos disciplinarios, absolutamente prohibidas. Hace falta citar algo más para completar ese credo hedonista con respecto al archivo específicamente: a diferencia de lo que comentaba Eugenio Cambaceres (era el siglo XIX), viajar cientos de kilómetros en tren -en nuestro caso para consultar un archivo- no es ninguna experiencia cautivante (son expediciones que harían posible nuevas partes a la saga de Nigel Barley -El antropólogo inocente- o la de Bruce Chatwin -El virrey de Ouidah-: una entrada menesterosa a un mundo de carroll-kafkiano del que probablemente salgamos vacíos). Entiendo que existen territorios en donde la recolección de materiales ha sido mistificada (he leído y escuchado algunas sobre el trabajo de campo arqueológico), pero no no ha sido así en el caso del archivo en condiciones latinoamericanas. Sigamos con los ejemplos: la integración de la cámara digital a los procedimientos de recolección de datos documentales ha permitido a) mantener una copia del material (algunos reservorios se parecen a Hogwarts, la escuela a la que asiste Harry Potter: allí aparecen y desaparecen documentos de tremebundo volumen), b) que buena parte del trabajo sobre las fuentes pueda hacerse en la oficina (esto se aplica para otros hemisferios) o en la casa (esto a veces también) o en algunas instalaciones comunes de la unidad académica de la que participa el investigador o la investigadora (ni hablar). Sin embargo, en algunos lugares el uso de esa herramienta no está permitido. Los argumentos son válidos, creo, si exageramos como vengo haciéndolo este último párrafo: la actividad fotográfica se vuelve tan extractiva que casi alcanza el plano del pillaje. Por otra parte todo argumento de naturaleza coercitiva se ajusta a la idea de control experto (del bibliotecario, del director, del especialista en general), y eso lo hace menos extemporáneo. En definitiva: todo apunta a que festejemos, creo, la proliferación de reservorios digitales. Spiro cita a varios. Tomemos 4 de ellos para aproximarnos al problema del acceso a esos archivos en condiciones latinoamericanas: Jstor, Project Muse, Netlibrary y Questia. El costo de subscripción anual al primero y al segundo de ellos es del orden de los miles de dólares (Argentina tiene algún descuento y de acuerdo al sitio, por intermedio de la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovacion Productiva pueden consultar sus archivos de revistas académicas muchas universidades nacionales -en la que trabajo esa información debe haber sufrido algún retraso). Netlibrary es un tanto más barata, pero en esa biblioteca se paga por libro incluido en un paquete dedicado, así que su precio está en relación a la cantidad de material disponible. Questia acepta subscripciones individuales y cuesta unos 15 dólares por mes la subscricpión a toda la colección. Questia tiene libros y artículos. Netlibrary sólo libros. Ambas empresas poseen software propietario para leer sus materiales. Lo interesante no es acceder a uno sino a los cuatro (o a más: Sage, Ebsco, Ebrary…hay cientos y la mayoría no son gratuitas). Sólo con acceso a todos los reservorios es posible verificar las conclusiones a las que llega Lisa Spiro.
Mientras tanto se multiplican los grandes circuitos de mails para intercambios de passwords, las bolsas de indigentes reclamando claves, pizarras, foros, hangares donde el malandraje reclama acceso al conocimiento. Hasta ahora la doxa que da título a este post se impone: el encargo social es más rápido que la web 2.0.

El pasado como prólogo: el huracán Katrina y la historia

post cruzado desde Grand Tour

Sirva como ejemplo, al menos para las distintas corporaciones nacionales de historiadores y sus revistas institucionales. El ejemplo es la edición especial que acaba de presentar la Journal of American History con el título de "Through the Eye of Katrina: The Past as Prologue?". Trata de ser una primera aproximación, desde la disciplina en cuestión, a todo aquello que rodeó y rodea el desastre provocado por el huracán Katrina y su impacto en New Orleans y en toda la costa de aquel golfo. Son veinte los artículos y ensayos preparados, escritos por distintos especialistas de las distintas áreas desee las que se puede abordar el asunto, en los que se discute el desastre a través de diversas ópticas, como la historia política, la urbana, la ambiental, la arquitectónica o la musical.
Además, se trata de un número al que se puede acceder libremente en línea, al que para la ocasión se han agregado imágenes, mapas, sonidos y vídeos relacionados con el suceso, tanto en el portal como en los artículos. A ello se añade un glosario que destaca los acontecimientos y lugares más importantes de la historia de New Orleans. Finalmente, los responsables indican que en semanas sucesivas irán agregando materiales a la página.
Katrina
Como ciudadanos informados que estudian el pasado, se lee en la presentación, los historiadores tenemos una oportunidad única, pero también una obligación concreta, de hacer comprensible el presente en términos de lo que lo ha precedido. Como cualquier otro suceso actual, el huracán Katrina deriva en parte su significado de circunstancias contemporáneas y en parte de opiniones que están formadas por la experiencia acumulada, o por lo eso que a veces llamamos memoria histórica. La relación entre Katrina y su contexto histórico es, por supuesto, dinámica y recíproca. Como los historiadores acostumbran a asumir desde antiguo, los acontecimientos del presente –especialmente los shocks traumáticos que interrumpen el statu quo- alteran nuestras opiniones del pasado. En la sombra de las catástrofes humanas, los especialistas se han visto impelidos a formular nuevas preguntas y a revisar viejas ortodoxias mientras sondean nuevos significados siguiendo lo que Robert Coles ha descrito como “ese flujo de asuntos humanos que finalmente denominados histori” (The Mind’s Fate: A Psychiatrist Looks at His Profession—Thirty Years of Writings. Boston, 1995)
congreso Katrina
La mayor parte de los ensayos que se incluyen fueron preparados inicialmente para el Howard Mahan Symposium, un congreso realizado en Mobile, Alabama, entre los días 7 y 10 de marzo de 2007, patrocinado por el Department of History at the University of South Alabama junto con la Journal of American History. El simposio de 2007 forma parte asimismo de una serie de conferencias y de eventos en curso que tienen lugar en la citada Universidad, todos ellos dedicados, en parte, a examinar la historia de esa región dentro de un contexto nacional y trasatlántico.