universidad

pobres pero honrados

Hace unos días, Lisa Spiro en su blog Digital Scholarship in the Humanities escribió un post (How many texts have been digitized?) en el que comenzó a mapear los usos que ella misma aplicó a los recursos digitales orientados a la investigación académica para hacer su dissertation. Este úlitmo texto puede leerse y comentarse, además, por aquí, bajo Commentpress.
La pregunta con la que comienza Spiro es básicamente esta: ¿en qué medida puede apoyarse una investigación con materiales online? Su respuesta es que puede hacerlo muy bien. Ella pudo acceder a más de la mitad de los documentos primarios y secundarios con los que trabajó entre 1996 y 2002. Si el idioma es una ventaja, el período de algún modo la compensa: entre el 2002 y la actualidad, esos recursos se han multiplicado nuevamente. Acabo de escribir "más de la mitad", pero las cifras son más específicas y controvertidas. En especial porque algunas decisiones con respecto a qué significa "acceder" pueden ser discutidas: un "snippet view" en Google Books, por ejemplo, ¿significa que hemos accedido al material? Tal vez no. Si ya es legítimo sospechar de los criterios de selección docente para tramar un paquete de fotocopias, ¿cómo no hemos de cuestionar las vistas parciales que nos cede Google? Por eso "más de la mitad" es una buena forma de decir que el resultado es estupendo.
Por mi parte, pese a lo que dice Arlette Farge en su libro La atracción del archivo, considero cualquier museo, biblioteca, cine, laboratorio, etc, pequeños cadalsos donde la vida se agosta y los márgenes del gran río burocrático crecen peor que el Paraná. Algunas cosas que pueden ayudar a la investigación (fumar, comer -pizza, pochoclos, lo que sea-, escuchar música, etc.) están, en esos submundos disciplinarios, absolutamente prohibidas. Hace falta citar algo más para completar ese credo hedonista con respecto al archivo específicamente: a diferencia de lo que comentaba Eugenio Cambaceres (era el siglo XIX), viajar cientos de kilómetros en tren -en nuestro caso para consultar un archivo- no es ninguna experiencia cautivante (son expediciones que harían posible nuevas partes a la saga de Nigel Barley -El antropólogo inocente- o la de Bruce Chatwin -El virrey de Ouidah-: una entrada menesterosa a un mundo de carroll-kafkiano del que probablemente salgamos vacíos). Entiendo que existen territorios en donde la recolección de materiales ha sido mistificada (he leído y escuchado algunas sobre el trabajo de campo arqueológico), pero no no ha sido así en el caso del archivo en condiciones latinoamericanas. Sigamos con los ejemplos: la integración de la cámara digital a los procedimientos de recolección de datos documentales ha permitido a) mantener una copia del material (algunos reservorios se parecen a Hogwarts, la escuela a la que asiste Harry Potter: allí aparecen y desaparecen documentos de tremebundo volumen), b) que buena parte del trabajo sobre las fuentes pueda hacerse en la oficina (esto se aplica para otros hemisferios) o en la casa (esto a veces también) o en algunas instalaciones comunes de la unidad académica de la que participa el investigador o la investigadora (ni hablar). Sin embargo, en algunos lugares el uso de esa herramienta no está permitido. Los argumentos son válidos, creo, si exageramos como vengo haciéndolo este último párrafo: la actividad fotográfica se vuelve tan extractiva que casi alcanza el plano del pillaje. Por otra parte todo argumento de naturaleza coercitiva se ajusta a la idea de control experto (del bibliotecario, del director, del especialista en general), y eso lo hace menos extemporáneo. En definitiva: todo apunta a que festejemos, creo, la proliferación de reservorios digitales. Spiro cita a varios. Tomemos 4 de ellos para aproximarnos al problema del acceso a esos archivos en condiciones latinoamericanas: Jstor, Project Muse, Netlibrary y Questia. El costo de subscripción anual al primero y al segundo de ellos es del orden de los miles de dólares (Argentina tiene algún descuento y de acuerdo al sitio, por intermedio de la Secretaria de Ciencia, Tecnología e Innovacion Productiva pueden consultar sus archivos de revistas académicas muchas universidades nacionales -en la que trabajo esa información debe haber sufrido algún retraso). Netlibrary es un tanto más barata, pero en esa biblioteca se paga por libro incluido en un paquete dedicado, así que su precio está en relación a la cantidad de material disponible. Questia acepta subscripciones individuales y cuesta unos 15 dólares por mes la subscricpión a toda la colección. Questia tiene libros y artículos. Netlibrary sólo libros. Ambas empresas poseen software propietario para leer sus materiales. Lo interesante no es acceder a uno sino a los cuatro (o a más: Sage, Ebsco, Ebrary…hay cientos y la mayoría no son gratuitas). Sólo con acceso a todos los reservorios es posible verificar las conclusiones a las que llega Lisa Spiro.
Mientras tanto se multiplican los grandes circuitos de mails para intercambios de passwords, las bolsas de indigentes reclamando claves, pizarras, foros, hangares donde el malandraje reclama acceso al conocimiento. Hasta ahora la doxa que da título a este post se impone: el encargo social es más rápido que la web 2.0.

Los daños de la deriva posmoderna

post cruzado desde Clionauta

Gordon Wood
Gordon S. Wood, un docente universitario muy conocido por sus recensiones periodísticas, acaba de publicar un volumen sobre estos asuntos: The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History (Penguin Press). Una de las reseñas que ha merecido apareció hace unos días en el Washington Post.
Se trata de una colección de 21 ensayos que inciden en lo siguiente: ” El resultado de toda esta historia postmoderna, con su verborrea sobre “deconstrucción,” “descentramiento,” “textualidad” y “esencialismo” ha sido el de hacer que la escritura académica de la historia sea casi tan esotérica y cerrada como la que caracteriza a los eruditos literarios. Esto es francamente malo, puesto que la historia es un esfuerzo que necesita un amplio número de lectores para justificarse a sí misma”. En consecuencia, los historiadores académicos han estado preocupados por asuntos de raza, sexo y multiculturalismo, dejando un vacío que ha sido ocupado con éxito por historiadores populares sin respaldo ni empleo académicos, tales como David McCullough, Walter Isaacson, Ron Chernow, Thomas Fleming y Stacy Schiff. Por supuesto, Wood no les menosprecia: “Barbara Tuchman me merece todos los respetos, y lo mismo e incluso más siento por su sucesor, por el historiador popular más importante del país, David McCullough”. Así pues, acoge con satisfacción su trabajo, no sólo por sus méritos, sino como antídoto a la estrecha y a menudo pesada historia ideológica que sale de las universidades, a menudo escrita con ese “lenguage especial que los críticos literarios utilizan ahora para marcar distancias con la estructura de poder y con el grueso común de los lectores ordinarios”, con su meta por aquí y su meta por allá.
Este período “tumultoso” comenzó, señala Wood, con la ola de agitación política que barrió los departamentos de humanidades en los años 60 y así sigue. Wood deplora esa deriva y declara haberse formado en otra escuela, bajo la influencia en Harvard de Bernard Bailyn, “el más inspirado de los historiadores”, a quién dedica el libro. Pero también estuvo en la brecha (en la Brown University, sobre todo) como profesor durante este período de cambio, siendo testigo de primera mano de todo ello.
Gordon Wood
Una de las modas que discute con acritud es el presentismo, permitir que las sensibilidades modernas se usen para colorear y controlar nuestra opinión del pasado. Reconoce que “los problemas y las presiones del presente deben ser un estímulo para nuestras incursiones en el pasado”, pues ” es natural que queramos descubrir las fuentes, los orígenes, de nuestras actuales circunstancias”. Pero lo actual no debe ser el criterio único. “Nuestras percepciones y explicaciones sobre el pasado no se deben forjar con las urgencias y los problemas de nuestro propio tiempo. Los mejores y más serios historiadores siempre lo han sabido, incluso cuando su impulso original para escribir historia procediera de un problema presente, acuciante. Ser capaz de ver a los actores del pasado de manera comprensiva, verlos en el contexto de su propio tiempo, describir su ceguera y locura con simpatía, reconocer el grado en el que fueron alcanzados por circunstancias cambiantes sobre las que tenían poco control, darnos cuenta hasta qué punto obtuvieron resultados que nunca se propusieron — saber todo eso sobre el pasado y poder relatarlo sin distorsión anacrónica con nuestro presente es lo que significada tener un sentido histórico”.
Así, Wood elogia el temperamento de James Burns MacGregor y lamenta el presentismo de su The Vineyard of Liberty, lo mismo que admira a Jill Lepore y rechaza los dictados del presente que habría en su The Name of War, etc. Los historiadores, dice, “buscan estudiar los acontecimientos del pasado no para hacer generalizaciones transhistoricas sobre la conducta humana, sino para entender esos acontecimientos tal como realmente ocurrieron, en todos sus contextos y circunstancias”.
La clave: “A diferencia de la sociología o de la ciencia política, la historia es una disciplina conservadora — conservadora, por supuesto, no en el sentido político contemporáneo sino en el sentido de inculcar escepticismo sobre la capacidad de la gente de manipular y de controlar con éxito sus propios destinos. Demostrando que los mejores planes acaban generalmente mal, el estudio de la historia tiende a refrenar el entusiasmo juvenil y a contener el espíritu de conquista del futuro que mucha gente tiene”.
En fin, la cosa es discutible, pero como ha señalado el académico Douglas Brinkley (Rice University) en Los Angeles Times, es bueno saber que hay alguien como Wood ahí fuera, ejerciendo de nuestro particular perro guardián, evaluando los cambios a largo plazo en nuestra profesión y esperando que el número total de lectores de nuestro gremio continúe creciendo.

N.B.: Resulta que hace poco Livres Hebdo señalaba algo, en parte, similar. Al parecer, los editores galos demandan a los historiadores que ajusten su escritura para llegar a un público más amplio, sobre todo porque los libros de historia (de ese tipo) se venden muy bien, bastante por encima de la media general, aunque la producción no sea muy alta.

Ingresar a la universidad (con un pan debajo del brazo)

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En el verano de 2004 la Duke University hizo un anuncio sorprendente. Había tomado la decisión (y de eso hace casi cuatro años) de obsequiar con un iPod a sus nuevos egresados, que eran para aquel nuevo curso unas 1600 almas, más otros 150 aparatitos para los correspondientes profesores, con el fin de que los utilizaran en sus cursos. En total, se suponía un gasto aproximado de medio millón de dólares, cuando el billete verde no era lo que ahora es y no estaba por los suelos, sino todo lo contrario. Desde entonces ha llovido mucho y la Duke ha refrenado esa ansia dadivosa en beneficio de los ajustes contables y gracias a que la difusión privada del invento entre los nuevos alumnos hace innecesaria la amplitud de la medida. En todo caso, no sabemos cómo los estudiantes utilizaron el obsequio.
Señalo lo anterior porque parece que los responsables académicos norteamericanos vuelven a la carga. En febrero fue la Abilene Christian University, un pequeño centro de unos cinco mil estudiantes, con un plan consistente en ofrecer iPhones o iPods a sus nuevos alumnos (unos 900), tal como consta en su página. Se acompaña el proyecto con un video promocional y una clara filosofía:

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What might a university look like with a fully deployed program of converged devices like the iPhone? Connected is one possible vision. This fictional day-in-the-life account highlights some of the potential benefits in a higher education setting when ever student, faculty, and staff member is “connected.” Though the applications and functions portrayed in the film are purely speculative, they’re based on needs and ideas uncovered by our research – and we’ve already been making strides to transform this vision of mobile learning (mLearning) into reality.

Por si lo anterior les parece excepcional, sepan que a la subasta se suma ahora mismo la Oklahoma Christian University, otro centro confesional, que ofrece ese iPod (o un Ipod Touch) y añade un portatil Apple. ¿Quién da más? Su portal también nos explica el por qué: “The vision of incorporating instructional technology tools into teaching and learning is critical to our future success and the success of our graduates. We are excited about this new phase of mobile learning at Oklahoma Christian University and will continue to search for ways to enhance teaching and learning”.
No digo más, porque estoy gestionando los papeles para formalizar la matrícula en Oklahoma. Siempre he dicho que es una de las mejores, cien por cien cristiana y muy familiar, con apenas unos dos mil quinientos parroquianos. Hasta luego.

democracia y universidad

desde la reforma del ´18, los integrantes de las universidades nacionales han tendido a sostener como criterios básicos de su accionar la “autonomía” y el “cogobierno” universitario. No es evidente que ambos postulados estén directamente relacionados; podría pensarse una universidad autónoma que no defienda el cogobierno, y del mismo modo una universidad cogobernada que no fuese autónoma. Una parte del problema deviene de la ambigüedad en torno a lo que deba entenderse por autonomía. Esta es una discusión de larga data, y sobre la cual tendremos que volver en otra oportunidad. Sin embargo, desde el retorno de la democracia en 1983 el sentido genérico que ha ido adoptando la palabra autonomía, referida al ámbito universitario, supone la no intromisión del poder político en la definición, interna a cada universidad, de los criterios académicos, pedagógicos, investigativos y de gestión interna que cada una adopte. En el marco de este sentido genérico, y de algún modo predominante, el cogobierno aparenta ser la garantía necesaria de la autonomía.
el cogobierno, por su parte, supone la representación de los “claustros” en los órganos colegiados de gobierno universitario. Estos órganos son de varios niveles, y adoptan nombres diferentes en las distintas universidades. El cogobierno no supone la representación de los claustros en los cargos de gestión (diríamos, los cargos ejecutivos) internos de la universidad. Ejemplifiquemos con la universidad nacional de mar del plata. Tenemos aquí los órganos y cargos de gobierno del conjunto de la universidad: asamblea universitaria, rector, consejo superior. Luego, los de cada facultad: consejo académico y decano. Luego, dentro de cada facultad, los de cada departamento: consejo departamental y director. En todos estos casos, los representantes de los claustros participan de los cuerpos colectivos; los cargos “ejecutivos” sólo pueden ejercerlos representantes del claustro docente.
desde la normalización universitaria de los años ochenta, los claustros que tienen representación son docentes, graduados y estudiantes. Aunque a veces se discute, el personal “no docente” hasta ahora no forma parte del gobierno de la universidad. Esos tres claustros no tienen una representación igualitaria: en general, los representantes docentes son más que los estudiantes, y éstos son más que los graduados. Los sistemas electorales que se utilizan son de dos tipos: elecciones directas, dentro de cada claustro, para seleccionar representantes a los órganos colegiados; elecciones indirectas para los cargos “ejecutivos”. Así, siguiendo con el ejemplo local, el rector es elegido por la asamblea universitaria, mientras que los decanos de cada facultad son electos por sus respectivos consejos académicos. Al mismo tiempo, el sistema electoral para definir los representantes de cada claustro, es una adaptación del denominado “lista incompleta”: la primera minoría se “lleva” la mayoría de la representación, y la segunda minoría –siempre que alcance un porcentaje de votos que suele establecerse en el 25%- la minoría de los cargos.
este largo relato era necesario, creo, para llegar a decir lo que iba a decir desde el comienzo: que estos sistemas electorales prevalecientes en las universidades nacionales son un completo anacronismo. Contrapongámoslos con aquellos que el estado argentino, en todos sus niveles –nacional, provincial, municipal- ha ido adoptando en las últimas décadas: sistemas de elección directa para cargos ejecutivos; sistemas de representación proporcional para los cuerpos legislativos. La constitución nacional reformada en 1994 eliminó, por fin, los colegios electorales para elegir presidente –retomando lo que ya la reforma de 1949 había establecido-: todos los ciudadanos votan para el cargo político más importante del país. Iguales sistemas existen en todas las provincias y, supongo, en los municipios. La denominada “lista incompleta” para cargos legislativos, adoptada originalmente en 1912, se ha ido dejando de lado, muy notablemente en el congreso nacional –en la cámara de diputados, sería mejor decir- y reemplazada por la representación proporcional.
mientras esto ocurre en el estado argentino, las universidades –que también son órganos del estado- insisten en mantener sistemas más propios de la democracia oligárquica que de la democracia de masas en que vivimos. Los resultados son característicos. Supongamos una elección de rector. En lugar de presentarse programas o propuestas de gobierno, debatidas por el conjunto de los integrantes de la universidad, lo que existen son larguísimas “trenzas” para “convencer” a unos pocos asambleístas; en rigor, a los pocos necesarios para obtener el número necesario para garantizar la elección de determinado candidato. Dicho sea de paso, en esta tarea de “alta” política se encuentran enfrascados los dos candidatos a rector de la universidad de mar del plata, cuya elección se verificará dentro de poco. El conjunto de integrantes de esta universidad ronda los 20.000, entre docentes, graduados y estudiantes. Para elegir un rector, lo que hace falta es asegurar la voluntad de 55 asambleístas.
aquellos que integramos alguna universidad nacional solemos ser muy afectos a declamar sobre la “democracia”, o sobre la falta de ella, en organizaciones o instituciones tanto del estado como de la sociedad civil; no faltan, sino más bien sobran, aquellos que emprenden enjundiosas críticas del “verticalismo” sindical, o del “autoritarismo” gubernamental. ¿y por casa, como andamos?

Doctorarse en historia (USA)

post cruzado desde Grand Tour

Hablamos hace unos días de la reunión anual que convoca a los historiadores americanos, los asociados a la American Historical Association. Mencioné entonces las salas en las que se reunían, las múltiples sesiones de trabajo e incluso los lujosos hoteles que tenían a su disposición. Pero hay otras cosas. Hay, por ejemplo, entrevistas de trabajo y, además, la organización aprovecha tales fechas para hacer balance de cómo le van las cosas a la profesión. Pero eso no sólo se trata allí, se publica en su revista Perspectives. En el número de enero de 2008, por ejemplo, hay un interesante artículo titulado “Number of History PhDs Rising Again, but Job Openings Keep Pace" que firma Robert Townsend (AHA’s assistant director for research and publications). Vamos a ello (y perdón por los errores)

El número de nuevos doctores en historia aumentó el 5.3 % en el curso académico 2005-2006, pasando de 924 a 973 nuevos graduados. Este aumento ha sido general en todos los campos, pero el crecimiento casi dobla al que se observa en las otras disciplinas del ramo de las humanidades. Afortunadamente, el número de puestos de trabajo que recoge la revista Perspectives es parejo a este aumento, pues los empleos ofrecidos crecen un 6.6 % (de 966 a 1.030) en el mismo período.
La información preliminar para el curso académico más reciente ofrece buenas noticias adicionales, como que el número de nuevos licenciados que anualmente publica el Directory of History Departments for 2006–07 cae modestamente, mientras que sube de nuevo el número de ofertas de trabajo (no obstante, apenas un 0.2 por ciento) (cuadro 1). Por supuesto, los cambios en el número de PhDs según ese directorio se reflejan en los resultados del correspondiente estudio federal sobre doctorados obtenidos. La caída del 3.5 por ciento en el número de PhDs según el directorio sugiere que las cifras de 2007 dejarán aproximadamente en 940 el número de nuevos doctores. Si esa estimación es exacta, ésta es la primera vez en los últimos 25 años en que durante tres años consecutivos el número de ofertas de trabajo excede el número de nuevos PhDs.

Cuadro 1

Datos demográficos de la cohorte de 2006 (doctorado)

El estudio anual del doctorado es preparado por el National Opinion Research Center (NORC) para cinco agencias federales y proporciona una medida exacta de los asuntos en los que se han doctorado (Doctorate Recipients from United States Universities: Summary Report 2006). A cada estudiante que se doctora se le pide que complete el estudio antes de graduarse (generalmente muy estímulados por su centro), así que proporciona la radiografía más comprensiva y detallada sobre quién está recibiendo el grado.
El estudio proporciona una excelente medida para saber cuánto tiempo les cuesta terminar un doctorado en historia en rtelación con otros campos, ofreciendo una clara evidencia de la larga trayectoria hasta el PhD. La nueva cohorte de los doctorados en historia lo acabó en promedio unos 12 años tras la licenciatura, y un promedio de 9.7 años después de empezar el doctorado. La edad mediana de la nueva cohorte era de 35.5 años -un aumento de más de un año en relación con la última década.
Sin embargo, el tiempo que cuesta coincide con el de las otras disciplinas humanísticas. En promedio, los estudiantes de doctorado en humanidades pasan 9.7 años matriculados. En comparación, en las disciplinas de ciencias sociales el promedio era apenas de 7.9 años. La edad media era de 35.0 años para los doctores en humanidades, pero de 32.9 para los doctorados en ciencias sociales.

Cuadro 2

La encuesta del NORC también permite obtener datos demográficos a largo plazo sobre los nuevos doctores. La proporción de mujeres en la nueva cohorte desciende por tercera vez en los últimos 10 años, del 41.6 al 40.9 por ciento (cuadro 2). La historia es marcadamente diferente de las otras humanidades y de las ciencias sociales en cuanto a la proporción de mujeres que se doctoran, pues las mujeres ganan respectivamente un promedio del 50.6 y 57.4 por ciento de los doctorados en esos campos.
Sin embargo, después de disminuir levemente el año pasado, la representación de las minorías dentro de la nueva cohorte ascendió del 13.3 al 14.1 por ciento. En números absolutos, 139 de los 807 ciudadanos de los E.E.U.U. que obtuvieron el doctorado en historia se clasificaron como miembros de una minoría racial o étnica. Entre los ciudadanos de los E.E.U.U. en las humanidades, el 13.6 por ciento pertenecían a esas minorías, por el 17.5 por ciento en ciencias sociales.
También hay un marcado aumento en el número de extranjeros que obtienen el título en historia respecto de los últimos dos años -que alcanzan el 13.5 por ciento. En 2006 la representación de estudiantes extranjeros casi alcanzó la paridad con la proporción de estudiantes de las minorías por primera vez en más de una década.

Cambios entre los campos

Los 45.596 grados de doctor concedidos por 417 universidades en 2006 representan el número más elevado de nuevos doctores conocido en los Estados Unidos. En términos relativos, la historia supone un 2.1 por ciento por segundo año consecutivo, por encima del punto bajo del 1.8 por ciento en 1992-93. Y la historia creció levemente entre las otras disciplinas de las humanidades, donde ahora supone el 17.4 por ciento de los doctorados, superando el punto bajo del 15.1 por ciento de 1989.

Cuadro 3

Aunque el número de nuevos doctores en historia ha estado por debajo del pico alcanzado en 2000, el aumento de 2005-06 coloca a la disciplina por encima de la mayor parte de las otras humanidades y ciencias sociales (el cuadro 3). Solamente la economía y la psicología consiguieron más doctores en 2006.
Ese claro aumento entre 2005 y 2006 parece absolutamente pronunciado, pero, visto a largo plazo, el número anual de nuevos doctores en historia ha sido relativamente estable durante los últimos seis años. Descendió de forma acusada a partir de comienzos de los años 70 y en los años 80, y después casi se dobló entre 1989 y 2000. Sin embargo, durante los últimos cuatro años, el número ha sido comparativamente constante, con alrededor de 950 doctores en historia por año.
Las otras humanidads y las ciencias sociales también parecen tener evoluciones similares durante los últimos años. Entre 2005 y 2006, el número de nuevos doctores en lengua y literatura inglesa y americana bajó el 0.6 por ciento, mientras que aumentaron el 0.6 por ciento los de lenguas extranjeras . Las otras humanidades (incluidos American studies, filosofía y religión) screcieron un 2.9 por ciento. El número de nuevos doctores en economía bajó el 0.2 por ciento, mientras que la ciencia política y la sociología aumentaron el 0.6 y el 8.0 por ciento respectivamente.
Dentro de la disciplina de la historia, la historia americana continúa siendo el campo de estudio más grande con un importante margen , abarcando el 40.2 por ciento de los doctores. Esto está debajo del punto álgido que el campo alcanzó cuatro años antes, cuando la historia americana suponía el 44.1 por ciento de los nuevos doctorados en historia, pero aún mantiene su distancia con los otros campos. El segundo en importancia, el de la historia europea, supone el 22.5 por ciento.
Los especialistas en otras regiones del mundo aumentaron su representación entre 2005 y 2006. El número de doctorados en historia asiática pasó del 6.9 al 8.2 por ciento, los dedicados a la historia latinoamericana del 4.9 a 5.0 por ciento y los especialistas en historia africana del 1.9 a 2.8 por ciento.
La imagen se complica un tanto con las otras categorías o campos que los nuevos doctores pueden seleccionar, incluyendo la historia de la ciencia y de la tecnología (el 5.8 por ciento), la “historia general" (el 6.1 por ciento), y la “otra historia" (el 9.8 por ciento). Éstos porcentajes podrían representar a los especialistas que decrecen en alguna de las otras categorías, caídas en áreas geográficas que no se representan (por ejemplo, Oriente Medio) o de un cierto tipo de historia transnacional.

Cuadro 4

La ambigüedad sobre las especializaciones que los nuevos doctores señalan en sus respuestas al estudio suponen una cierta ambigüedad en cualquier comparación entre los puestos de trabajo y el camino seguido por los nuevos doctores. Pero se puede realizar la comparación, que puede ser instructiva. La alineación entre las ofertas de trabajo listadas en Perspectives el año pasado y los nuevos doctores del año siguiente muestra algunos problemas entre oferta y demanda en el mercado de trabajo académico (cuadro 4).
Las relaciones de trabajos para las plazas de historia americana, por ejemplo, eran un tercio menos que el número de nuevos doctorados obtenidos el año antes. Y las ofertas en historia europea estuvieron un 13 por ciento por debajo del número de nuevos doctores. En comparación, el número de plazas en historia asiática y africana era más alto que el número de nuevos graduados, mientras que los listados de historia latinoamericana mantenían la paridad.
Tales comparaciones necesitan ser leídas con considerable cuidado, por supuesto. La correspondencia aparente entre entre temas específicos y especializaciones geográficas puede variar mucho dentro de esas amplias categorías. Así, los especialistas en cualquiera de los campos con un severo desequilibrio podrían encontrar oportunidades en plazas en otras áreas temáticas y abiertas, pero también podrían emplearse fuera de la academia.
Y como sabecualquier candidato de trabajo serio , los listados en Perspectives no abarcan todo el universo de las ofertas de trabajo que existen. También aparecen en otras publicaciones nacionales y locales, y ahora también se distribuyen a través de medios en línea. Sin embargo, los listados de empleos de Perspectives han proporcionado un buen barómetro de la relación que existe entre los puestos trabajos y los candidatos durante los últimos 33 años.

Cuadro 5

Una cierta confirmación de esto se puede encontrar en la proporción de nuevos doctores que indican haber obtenido un empleo definido el el momento de graduarse. En la cohorte 2006, el 54.4 por ciento de los doctorados indicó tener empleo “definido". Esto supone una leve caída en relación con el año anterior, pero sigue siendo mucho más alto que de lo que lo había sido durante los malos años 90 (cuadro 5). El 28.0 por ciento de los nuevos doctores que indicaban que seguían “buscando empleo " a la hora de graduarse marca una mejora positiva. El restante 17.7 por ciento se compone de quienes siguen algún tipo de estudio posdoctoral, están negociando un contrato o carecen de plan definido para un empleo futuro.
Las perspectivas de empleo entre hombres y mujeres aparecen ser semejantes (cuadro 5). En los últimos tres años, prácticamente la misma proporción de cada grupo indicó que que tenía empleo definido al doctorarse. Esto contrasta marcadadamente con lo ocurrido en los años 80 cuando los historiadores disfrutaban de una modesta ventaja modesta para encontrar empleo, o con lo sucedido en los años 90, cuando las historiadoras parecían tener una leve ventaja.
Más información en: AHA Data on the Historical Profession. De todo lo que allí se recoge, me permitiré mencionar los salarios (las becas y otros emolumentos van aparte):

Tabla 1

¡A ver cómo damos las clases!

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El pasado 16 de noviembre se publicó una breve nota en el Brandeis University’s Community Newspaper. La verdad es que nada parecía indicar que tal boletín incluyera algo sustancial, más allá de las vicisitudes de la vida académica de esa universidad americana. Ahora bien, una vez leído su contenido, he de reconocer que es impresionante:

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Estimado Editor,

Me apenó leer que la administración está asignando apparatchiks humanos para supervisar las aulas de la Brandeis con el fin de asegurarse que reina en ellas un vocabulario correcto y la ortodoxia política. Seguramente, la administración sabe que la tecnología de la vigilancia autoritaria ha avanzado mucho y que ha superado los métodos primitivos empleados por personajes tales como J. Edgard Hoover y Erich Honeker.

Un ordenador portátil y una webcam pueden hacer el trabajo de forma más barata y eficiente. Basta con situar una unidad por clase en la parte posterior del aula, que después puede conectarse a la unidad central del sistema situada en Bernstein-Marcus. Esta sencilla elección no sólo proporcionaría un registro audiovisual exacto de la conversación punible entre profesores y estudiantes, sino que la vigilancia en tiempo real permitiría que la administración enviara agentes al aula para detener inmediatamente la elocución de palabras o ideas prohibidas.

- Profesor Thomas Doherty (AMST).

En fin, repasen el citado boletín y verán. Los que quieran más, los que deseen saber toda la historia, la puedan leer, por ejemplo, en Inside Higher Ed. Allí se relata que todo empezó en una clase sobre Latin American politics que imparte el veterano profesor de ciencia política Donald Hindley. Al susodicho caballero, hablando del racismo que sufren los inmigrantes, se le ocurrió decir: “Cuando los mexicanos llegan al norte como inmigrantes ilegales, se les llama espaldas mojadas (wetbacks)”. Un par de estudiantes decidieron pedir audiencia ante el responsable del departamento y le expresaron “su seria preocupación y se quejaron sobre las cosas que habían sido dichas por el profesor Donald Hindley en clase y, en el caso de uno de los estudiantes, dirijiéndose directamente a él”. Y se armó la gorda.